08 septiembre, 2009

Giardino di Boboli (II)

GIARDINO DEGLI ANANASSI.

La segunda parte dedicada al Jardín de Boboli no va dirigida a continuar la historia de este esplendido lugar , sino mas bien va a escudriñar los secretos de un pequeño jardín en apariencia abandonado y olvidado , pero que no pasa desapercibido a aquel visitante que tiene la oportunidad de entrar en él. Muchos son los tipos de jardines que de sorpresa aparecen antes tus pies cuando caminas por Boboli, el jardín francés, el jardín italiano, el jardín manierista... pero este, no pertenece a esa categoría. Aprisionado por un muro que lo contiene y por unas viejas rejas que lo esconden se encuentran los restos de una enciclopedia botánica.




Si el visitante se detiene a observar puede llegar a sentir el esplendor que retuvo este lugar,
muros, fuentes, estanques que hablan.

Cuentan que lo mando a construir Pietro Leopordo di Lorena en 1766 sobre lo que se llamaba el Jardín Potager dedicado al cultivo de legumbres, verduras y plantas raras como el café, presagiándose la dedicación de este sitio al huerto botánico. En pocos años paso de ser un simple huerto a un orto botanico. Para este gran acontecimiento se trajeron semillas de Holanda, Malta y Francia surgiendo sandias rojas, piñas negras y todo tipo de árboles frutales. La predilección por este último fruto provocó inevitablemente la nueva denominación del huerto, Giardino degli Ananassi, nombre por el que se conoce en la actualidad.





¿Pero cómo se podían conservar en Florencia estas especies tropicales? Para ello se construyeron varios tipos de invernaderos que generaban calor no solo recogiendo el poco sol del invierno, sino con un curioso sistema de calderas y estufas que se conservan en la actualidad, y para cuando en el verano azotaba el duro sol se colocaban tras los vidrios esteras de caña que ayudaban a proteger este microclima tan particular.


A principios del siglo XIX era considerado como un verdadero Jardín Botánico y ya en el 1840 era una gran atracción para los estudiosos y viajeros provenientes de toda Europa.
Cuatro estanques de plantas acuáticas en diferentes terrazas y alturas, 16.000 plantas en macetas y 3.500 en tierra, como dijo el jefe de los jardineros, Filippo Parlatore, con el que llegó a alcanzar su mayor esplendor “... este jardín fue diseñado con el fin de ofrecer variadas sensaciones visuales, olfativas y auditivas a todo aquel que se adentre...”.


En 1852 el terreno de lo que fue el Jardín Potager se cedió al Museo de Física e Historia Natural de Florencia denominándose Botánico Superior con el fin de distinguirlo del Botánico Inferior que al igual que el Superior se conserva en la actualidad y se puede encontrar unos pasos más abajo, hacia la entrada del jardín por Via Romana.

Las especies se pasaron a organizar según la procedencia y no en base a la familias, distribuidas por América Central, América Meridional, África, Asia y Oceanía, y en diferentes invernaderos.

La vida del jardín botánico continuo sin ningún inconveniente hasta llegado el 1865, el año en el que murieron muchas especies debido al abandono económico que sufrió el jardín. Mucho luchó Parlatore por conservarlas pero no pudo hacer nada ante las directrices impuestas por el nuevo representante del Museo de la Ciencia, Matteucci, que aseguraba que “... el gasto de combustible de las estufas es excesivo y no pasa nada si mueren especies que no servían para nada...”

Algunos años y siglos han pasado desde que el Giardino degli Ananassi dejara de estar arropado por las manos del buen jardinero Filippo Parlatore, tras este momento de esplendor los acontecimientos históricos no ayudaron a que se mantuviera tanta exuberancia, pero aún así paseando entre sus muros, estanques y fuentes se puede oler, ver y oír todo lo que fue[i].





[i] Francesca Volpi. Il Giardino degli Anassi di Boboli .Boboli, Arte y natura 1. Firenze Musei. Sillabe. 2007.




A i carissimi giardinieri da quale ho imparatato tanto.
A le mie colleghe, a Delfina e a Alessandro Cecchi per le vostre attenzione.
Non dimenticheró mai.

Laura.
Texto y fotografia, Laura Gordillo.

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