03 marzo, 2010

EUGENIO S. PALOMARES
A Cabo de Gata
03/03/2010


Uno de los parques naturales más hermosos de la península Ibérica es Cabo de Gata. Ya lo volveré a decir; antes, cuento. La ciudad, no hace mucho, era un lugar dónde los caminos se hacían calles. Hoy, es el lugar donde las calles se convierten en carreteras. De alquitrán o de hierro, se ha expandido mucho más allá de sus muros. Ha devorado pueblos, ha convertido plantaciones en huertos, bosques en industrias, paisajes en parques, montañas en estaciones y cañadas en urbanizaciones. La naturaleza, intentamos rendirla a la ciudad: es la civilización. Una civilización que se entiende como progreso. Un proceso mediante el cual el ser humano trata de hacerse dueño de su destino. La ciudad es el símbolo de este proceso. La naturaleza parece menos inhóspita y más controlable. Hay agua en los grifos, fuego en la hornilla, calor en la estufa, comida en la despensa, sal en la repisa. Todo es más cómodo. Para proveernos de comida vamos al supermercado de la esquina. El grano, que tantos cuidados requiere, está plastificado. El vino o la cerveza la encontramos embotellada. La sal, antes tan valiosa que hasta servía de moneda, la tenemos de donde queramos. De las salinas de Cabo de Gata, de Dakar o de Utah.

Ni el clima ha escapado a este poder. En los Juegos Olímpicos de Pekín se hicieron desaparecer nubes; la temperatura ideal para la uva se controla en laboratorios; el sol, a la gallina puede broncear y hacer que ponga y ponga huevos, y más huevos, las 24 horas del día, hasta que muera extenuada de tanto producir.

En fin, que los dirigentes de la civilización han evolucionado según ha evolucionado el gobierno de las ciudades. Primero, encarnaron a las fuerzas de la naturaleza: los gobernantes eran los magos que sabían leer el futuro, si mañana llovería o no. Luego, fueron a las fuerzas políticas de la sociedad: los gobernantes eran los faraones y los reyes. Después, vino el Estado y los dioses fueron las banderas: el pueblo gobernaba. Y, finalmente, los dioses y las fuerzas inexplicables, misteriosas e invisibles, absolutamente fascinantes, las que precisan de oráculos para comprenderse, han sido las finanzas. Leyendo las cotizaciones de la Bolsa, los ciudadanos no especialistas comprendemos lo mismo que se comprendía cuando el brujo leía las entrañas de los perros. Lo que tú me digas e invierto. Todo un acto de fe o casi.

Cogiendo asfalto y olvidando en el retrovisor adoquinados cielos, la diosa finanzas ofrece al ciudadano parques naturales con una rica oferta de horizontes. Uno de los más extraordinarios -y ya lo decía al inicio de este artículo- es Cabo de Gata. Salgamos de aquí, que no se puede ni respirar, vayamos a contemplar las salinas. Verás que bien. Además, si se tienen niño/as se lo pasan tan bien. Hay hasta flamencos rosas. Y vas. Sin embargo, las salinas hoy están vacías. Sin pollos de extravagantes colores que alegren la vista. "Es por el tiempo, ¿sabe usted?", explica el guía turístico, que yo no sé si será o no por el cambio climático que pienso que no, pero vaya usted a saber si El Niño ese... Y, sigue el guía, iban a la quiebra pero ahora vuelve a haber empleo y la empresa gana dinero. Eso sí, en las Alpujarras se van a poner que trinan porque no veas lo que les van a subir los precios, si es que les llega para salar jamones. Ahora envían la sal a las ciudades del norte de Europa, para el deshielo de las carreteras.

De vuelta a casa, los niños/as, y más de un mayor, preguntan y se interrogan, dónde estaban los pollos, esos flamencos, por qué no había montañas de sal, por qué no había nada. Ya hemos escuchado al guía y, por simplificar, contestamos: es por el aleteo de la mariposa ¿Y qué es eso? Es lo que hace que no sepamos ni qué comemos, que cada vez respiremos más CO2, que el agua tengamos que comprarla si no queremos tener piedras en el riñón, es lo que hace que el desierto crezca y las islas se inunden y es lo que puede terminar convirtiendo Cabo de Gata en una ciudad de vacaciones. No obstante, y a pesar de todo, sigo pensando y sintiendo que Cabo de Gata, en sus días y en sus noches, todavía nos ayuda a seguir soñando despiertos. Confiemos en que no nos quiten este sueño.

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