29 septiembre, 2010

Embriaga y llena de deseo.






« Porque la Belleza, Fredo, tenlo muy presente, solo la Belleza es a la vez visible y divina, y por eso también el camino de lo sensible, es mi pequeño Fredo, el camino del artista hacia el espíritu. Pero ¿crees acaso, querido mío, que algún día pueda obtener la sabiduría y verdadera dignidad humana aquel que se dirija hacia lo espiritual a través de los sentido? ¿O crees más bien (te dejo la libertad de decidirlo) que es este un camino peligroso y agradable al mismo tiempo, una autentica vía de pecado y perdición que necesariamente lleva al descarrío? Porque has de saber que nosotros, los poetas, no podemos recorrer el camino hacia la Belleza sin que Eros se nos una y se erija en nuestro guía; si, por más que a nuestro modo seamos guerreros y virtuosos, en el fondo somos como las mujeres, pues lo que nos enaltece es la pasión, y nuestro deseo será siempre, forzosamente, amor: tal es nuestra satisfacción y nuestro oprobio. ¿Comprendes porque tenemos que extraviarnos necesariamente, ser siempre disolutos, aventureros del sentimiento? La maestría de nuestro estilo es mentira e insensatez; nuestra gloria y honorabilidad , una farsa; la confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo, y el deseo de educar al pueblo y a la juventud a través del arte, una empresa temeraria que habría que prohibir. Pues ¿cómo podría ser educador alguien que posee una tendencia innata, natural e irreversible hacia el abismo? Quisiéramos negarlo y conquistar la dignidad, pero dondequiera que volvamos la mirada, nos sigue atrayendo. De ahí que renunciemos al conocimiento; pues el conocimiento, Fredo, carece de dignidad y rigor: sabe, comprende, perdona, no tiene forma ni postura alguna, simpatiza con el abismo, es el abismo. Por eso lo rechazamos, pues, con decisión, y nuestros esfuerzos tendrán en adelante como único objeto la Belleza, es decir la sencillez, la grandeza, un nuevo rigor, una segunda ingenuidad y la forma. Pero la forma y la ingenuidad Fredo, conducen a la embriaguez y al deseo, pueden inducir (...), también ellas, al abismo. A nosotros los poetas, digo, nos arrastran hacia él, dado que no podemos enaltecernos, sino solamente entregarnos al vicio. Y ahora, Fredo, he de marcharme. Tú quédate aquí, y solo cuando ya no me veas, márchate también. »

Sócrates instruye a Fredo.

Fragmento de Muerte en Venecia de Thomas Mann, 1913.

Imagen tomada por Laura Gordillo.

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