Tras el terremoto de 1972, Managua quedó completamente destruida.
Entonces Managua tuvo que gritarle al mundo que era tiempo de acabar la dictadura somocista. Managua pensó en sus gentes y se resquebrajó. Sabía que sólo así la iban a escuchar.
Managua tenía que volver a ser capital, a recuperarse, a despojarse del dolor de sus muertos.
Y entonces, como si de cualquier funeral se tratase, enterró sus parques, y sus plazas, y sus avenidas, y sus aceras, y sus barrios, y sus mercados.
Todo. Para empezar de nuevo.
Pero el efecto fue el contrario. Managua se quedó sin alma, sin centro, sin lugares para pasear, sin patrimonio, sin aceras, llena de cuadrículas de barrios pobres y superficiales. En suspenso. Quieta.
Managua sigue rota, en pedazos de cemento repartidos a lo largo y ancho de kilómetros. Casi dos millones de personas nos repartimos en casas de no más de dos plantas por miedo a que vuelva a pasar lo mismo. Casas sobre las mismas fallas que, a ratos, vuelven a temblar y le sacuden el polvo a los malos recuerdos.Sin embargo, Managua me mira de frente, sin mentiras. Me muestra sus heridas y sus errores. Despacio me va curando su abismo con risas de niñas y niños, con poemas de ex-guerrilleros, con mujeres aún en combate.
Managua tiene hijos que no le gustan, como todas las capitales, de esos con nombre de políticos corruptos, delincuentes y obispos. Ellos le han dado esta forma, decidieron borrarle su historia y la desmoronaron aún con más virulencia que el terremoto. La hicieron inhabitable en las noches y, por eso, ella no tuvo más remedio que darse a la bebida y a las drogas, a los asaltos a mano armada.
Pero por el día, a pesar de la resaca, Managua se despierta y sale al mercado. Se maquilla y perfuma con chayotes, mamones, calalas y guayabas. Baila con las palmeras y se ducha bajo lluvias tropicales. Me hace sudar y me canta al oído esperanzas.
Managua presume de tener más árboles que ninguna otra.
Managua me sabe conquistar con dureza y caos. A embestidas. Se me mete entre las sábanas con olor a sol y humedad, me conversa en otro acento para que me enfrente, irremediablemente, a otro cuerpo, a otra cultura.
Managua es incomprensible. Adictiva.
Andrea.
Imágines realizadas por Laura Gordilllo Ramírez, julio de 2011.
1 comentario:
Me encanta Andrea, y siento unas inevitables ganas de conocer esa ciudad a través de tí. Me encantaría, en serio. A pesar del peligro, del clima bochornoso y de los miles de km que me separan de allí.
Sabes crear imágenes con palabras
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